El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Ese sà que es un extraño encuentro —dijo Montecristo, como cediendo a sus reflexiones—, que usted se encontrara asÃ, por azar, sin preparación alguna, en una casa en la que ocurre una escena que le produce ahora tan espantosos remordimientos.
—Monseñor —dijo el intendente—, es la fatalidad la culpable de todo, estoy seguro: primero, va usted y compra una casa justo en Auteuil, esa casa es en la que yo cometà un asesinato; usted baja al jardÃn justo por la escalera por donde bajó él; usted va y se detiene justo en el lugar en el que recibió el golpe; a dos pasos, bajo ese plátano, estaba la fosa en la que enterró al niño. Todo eso no es fruto del azar, no, pues en este caso el azar se parecerÃa demasiado a la Providencia.
—Y bien, veamos, señor corso, supongamos que sea la Providencia; yo siempre supongo todo lo que haga falta; además, a las mentes enfermas hay que hacerles siempre concesiones. Veamos, recupere el sentido, y cuénteme todo eso.
—Sólo lo he contado una vez, y fue al abate Busoni. Cosas asà —añadió Bertuccio moviendo la cabeza— no se dicen más que bajo secreto de confesión.