El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Entonces, mi querido Bertuccio —dijo el conde—, le parecerá bien que yo le envíe de nuevo con su confesor; usted se hará con él cartujo o bernardo y charlarán juntos de sus secretos. Pero yo, a mí me da miedo un huésped asustado con tales fantasmas; no me gusta que mi gente tenga miedo de pasear de noche por mi jardín. Además, lo confieso, no me interesaría mucho recibir una visita del comisario de policía; pues, quiero que sepa esto, maese Bertuccio: en Italia, uno no cumple con la justicia más que cuando esta calla, pero en Francia, al contrario, sólo se cumple cuando esta habla. ¡Pestes! Yo le creía a usted un poco corso, gran contrabandista, muy hábil intendente, pero veo que aún tiene usted otras cuerdas que tocar. Usted ya no me pertenece, señor Bertuccio.

—¡Oh! ¡Monseñor! ¡Monseñor! —exclamó el intendente, aquejado de un gran terror por la amenaza—. ¡Oh! Si esa es la condición para que yo siga a su servicio, hablaré, diré todo; y si me separo de usted, pues bien, que sea sólo para ir al cadalso.

—Entonces es diferente —dijo Montecristo—; si usted quiere mentir, piénselo bien: más vale que no diga nada en absoluto.


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