El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No, señor, se lo juro por la salvación de mi alma, ¡le diré todo! Pues el mismo abate Busoni sólo conoce una parte de mi secreto. Pero, en primer lugar, se lo suplico, ¡aléjese de ese plátano; mire, la luna va a aclarar esa nube, y asÃ, tal como está usted, envuelto en esa capa que me oculta su rostro y que se me parece al señor de Villefort…!
—¡Cómo! —exclamó Montecristo—. Es el señor de Villefort…
—¿Su Excelencia le conoce?
—¿El antiguo fiscal del rey en Nîmes?
—SÃ.
—¿Que habÃa desposado a la hija del marqués de Saint-Méran?
—SÃ.
—¿Y que tenÃa en la administración de Justicia la reputación del más honrado, del más severo, del más rÃgido magistrado?
—Y bien, señor —exclamó Bertuccio—, ese hombre, de una reputación intachable…
—SÃ.
—Era un infame.
—¡Bah! —dijo Montecristo—. Imposible.
—Sin embargo, es como yo digo.
—¡Ah! ¿De verdad? —dijo Montecristo—. ¿Y tiene usted la prueba?
—Al menos, la tenÃa.