El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Y por qué no esta noche, supuesto que la orden es urgente?

—Porque esta noche cenamos y también nos apremia a nosotros el tiempo.

—Mi querido Baisemeaux, por más que calce botas, soy sacerdote, y la caridad es para mí un deber más imperioso que el hambre y la sed. Ese desventurado ha padecido bastante tiempo, pues según vos mismo me habéis dicho, hace diez años que está encerrado en la Bastilla. Abreviadle su suplicio, proporcionadle sin más tardar la alegría que le espera, y Dios os recompensará.

—¿Os empeñáis?

—Os lo ruego.

—¿Así, en lo mejor de la cena?

—Sí, y vuestra acción será la bendición de vuestra mesa.

—Cúmplase vuestra voluntad; pero os advierto que comeremos frío.

—No importa.

—Baisemeaux se echó atrás para tirar del cordón de la campanilla y llamar a Francisco y por un movimiento natural, se volvió hacia la puerta.

Como la orden estaba sobre la mesa, Aramis aprovechó aquel instante para trocarla con otro papel doblado de la misma manera y que sacó de su bolsillo.

—Francisco, dijo el gobernador —que suba aquí el mayor con los llaveros de la Bertaudiere.


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