El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Tienen unos arranques, que ¡vaya! —repuso Baisemeaux con la boca llena—; a lo mejor prenden a un hombre, lo alimentan por espacio de diez años, recomendando que sobre todo se ejerza sobre él la más escrupulosa vigilancia; y cuando uno se ha acostumbrado a mirar al detenido como a un hombre peligroso, ¡pam! sin saber por qué ni por qué no, le escriben a uno que lo suelte, y aprisa, sin perder segundo. ¿Y aún diréis que no hay para qué encoger los hombros?
—Bien, sÃ; pero por más que uno chille, no cabe otro remedio que cumplir la orden.
—Poquito a poco, poquito a poco, ¿os figuráis que soy un esclavo?
—¿Quién os dice tal? Todos conocemos vuestra independencia.
—A Dios gracias…
—Pero también todos conocemos vuestro compasivo corazón.
—DecÃdmelo a mÃ.
—Y vuestra obediencia a vuestros superiores. Cuando uno ha sido soldado, lo recuerda mientras vive, ¿no es verdad, Baisemeaux?
—Por eso obedeceré estrictamente, y mañana en cuanto asome el dÃa, el preso será puesto en libertad.
—¿Mañana?
—Al amanecer.