El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Buena es para el interesado, no lo negaréis.
—¡Y a las ocho de la noche!
—Eso es caridad.
—Bueno, sà admito que sea caridad; pero no para mà que me divierto, sino para el haragán que se aburre en su calabozo —prorrumpió el gobernador exasperado.
—¿Acaso salÃs perjudicado con esa excarcelación? ¿El preso que os quitan es de los de cuantÃa?
—¡PsÃ! es un pobre diablo, un hambriento de los de a cinco libras.
—¿Me permitÃs si no hay indiscreción? —dijo Herblay—. Tomad, leed.
—La hoja ostenta en el margen la palabra «urgente». ¿Lo habéis notado?
—¡Urgente!… ¡un hombre que está aquà hace diez años! ¿Y ahora les viene la prisa de soltarle, hoy, esta noche misma, a las ocho?
Baisemeaux encogió los hombros con ademán de soberano desdén, tiró la orden encima de la mesa y la emprendió de nuevo con los manjares.