El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Sabéis que es? —dijo el gobernador a Aramis—. Pues algo por el estilo: «Cuidado con el fuego en las inmediaciones del polvorín»; o bien «Vigilad a fulano, que no se fugue». ¡Si supieseis cuántas veces me han hecho despertar sobresaltado en lo mejor, en lo más profundo de mi sueño, para comunicarme una orden llegada al galope, o más bien para entregarme un pliego en el que sólo me preguntaban si había novedad! Se conoce que los que pierden el tiempo en escribir tales órdenes no han dormido nunca en la Bastilla que de haber dormido, conocerían mejor el grueso de mis murallas, la vigilancia de mis oficiales, la multiplicidad de mis rondas. En fin ¡Qué haremos, monseñor! su oficio es escribir para molestarme cuando estoy contento; para turbarme cuando estoy rebosando de satisfacción —añadió Baisemeaux inclinándose ante Aramis—. Dejémosles, pues, que cumplan su cometido.

—Y cumplid vos el vuestro —propuso el obispo, cuya mirada, aunque risueña se imponía.

De regreso Francisco, Baisemeaux le tomó de las manos la orden del ministro, la abrió y la leyó con lentitud, mientras Aramis hacía que bebía para observar a su anfitrión al través del cristal.

—¿No lo dije? —exclamó el gobernador.

—¿Qué es? —preguntó el obispo.

—Una orden de excarcelación. ¡Vaya una nueva para molestarnos!


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