El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Me presento con el mayor en el calabozo del preso, y yo mismo le acompaño cuando es personaje de cuenta.
—Marchiali no es nada de eso —repuso Aramis con negligencia.
—No lo sé —replicó el gobernador con acento que querÃa decir «A vos os toca probármelo».
—Pues si no lo sabéis, es señal que yo tengo razón; de consiguiente tratad a Marchiali como si fuera de los Ãnfimos.
—Seguiré al pie de la letra el reglamento, el cual indica que el carcelero o uno de los oficiales subalternos debe conducir el preso a la presencia del gobernador, en el archivo.
—Es una disposición muy atinada. ¿Qué más?
—Luego, se devuelven al preso cuantos objetos de valor traÃa en el instante de la encarcelación, asà como los trajes y papeles, salvo orden contraria del ministro.
—¿Qué reza la orden del ministro acerca de Marchiali?
—Absolutamente nada, pues el desventurado entró en la Bastilla sin joyas, sin papeles y casi desnudo.
—Ya veis que no puede ser más sencillo el caso.
—Quedaos aquÃ, y que conduzcan el preso al archivo.