El hombre de la máscara de hierro

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—No exageremos —repuso Aramis—. Sentaos otra vez en vuestro sitio, y rindamos acatamiento a esos ricos postres.

—De esta no me levanto, monseñor —dijo Baisemeaux—. ¡Y yo, que he reído y bromeado con vos, y he osado trataros de igual a igual!

—¿Quieres callarte, mi viejo compadre? —replicó el obispo comprendiendo que la cuerda estaba muy tirante y sería peligroso romperla—. Vivamos cada cual en nuestra esfera respectiva: tú, contando con mi protección y amistad, y yo con tu obediencia. Pagados puntualmente esos dos tributos, sigamos tan contentos.

Baisemeaux reflexionó, y al ver, de una ojeada, las consecuencias fatales que podía acarrearle la extorsión de un preso por medio de una orden falsa puso en parangón aquellas con la orden oficial del general de la orden, y halló que esta última no le compensaba.

—Mi buen Baisemeaux, sois un mentecato —dijo Aramis, que leyó en el pensamiento de su comensal—. Perded el hábito de reflexionar, cuando yo me tomo la molestia de hacerlo por vos.

—Bueno, sí; pero ¿cómo voy a arreglarme? —repuso el gobernador después de haberse inclinado ante un nuevo gesto que hiciera el obispo.

—¿Qué hacéis cuando soltáis a un preso?

—Sigo las instrucciones del reglamento.

—Pues obrad ahora de la misma manera.


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