El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Es nuestra voluntad que la orden entregada al señor de Baisemeaux de Montiexun, gobernador de la Bastilla por el rey, sea tenida por buena y valedera, y puesta en ejecución inmediatamente.

Herblay,

general de la Compañía por gracia de Dios.

Tal fue la emoción que sintió el gobernador, que se le contrajeron las facciones, abrió la boca y quedó con la mirada fija, inmóvil y mudo.

Aramis, sin dignarse siquiera mirar al gobernador, sacó de su faltriquera un pequeño estuche que encerraba un trozo de cera negra; cerró su carta, imprimió en la cera un sello que suspendido al cuello y debajo de su jubón llevaba, y terminada su operación le entregó silenciosamente la orden.

Templándole las manos que daba compasión, miró Baisemeaux con ojos apagados y sin inteligencia el sello, y después cayó en su silla como herido por el rayo.

—Vaya —dijo Aramis tras un dilatado silencio—. No me hagáis creer que la presencia del general de la compañía es terrible como la de Dios, y que uno muere a consecuencia de haberle visto. ¡Animo! levantaos, dadme vuestra mano, y obedeced.

Baisemeaux, tranquilizado, si no satisfecho, obedeció, besó la mano a Aramis y se levantó diciendo con tartamuda lengua:

—¿Inmediatamente?


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