El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Andáis a paso de gigante por el campo de la lógica, señor Baisemeaux —dijo Aramis—, y vuestra argumentación no tiene réplica. Pero ¿en qué os fundáis para suponer que esas firmas sean falsas?

—En que la firma de Su Majestad no está refrendada. Además, el señor de Lyonne no está presente para decirme que ha firmado.

—Pues bien, señor de Baisemeaux —repuso Aramis fijando en el gobernador su mirada de águila—. Adopto sin vacilar vuestras dudas y vuestra manera de aclararlas y voy a tomar una pluma si me la dais.

Baisemeaux le dio una pluma.

—Y una hoja en blanco —añadió Aramis.

—Baisemeaux le dio el papel.

—Y yo también, presente, incontestable, voy a escribir una orden a la cual estoy seguro de que daréis fe, por mucha que sea vuestra incredulidad.

Ante la glacial seguridad de Aramis, el gobernador palideció. Creyó que la voz de aquél tan afable y alegre poco antes, había tomado un sonido fúnebre y siniestro.

Aramis tomó la pluma y escribió, mientras el gobernador, petrificado leía por encima de su hombro:

«A. M. D. G.» escribió el obispo, trazando una cruz debajo de aquellas cuatro letras, que significaban ad majorem Dei gloriam. Luego continuó:


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