El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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La carroza rodó estrepitosamente por el empedrado del patio, precedida de un individuo que alumbraba el camino con una hacha de viento y daba a cada cuerpo de guardia la orden de dejar libre el paso.

Aramis no respiró durante todo el tiempo que emplearon en abrir los rastrillos, y tal era el estado de su ánimo, que pudieran haberle oído los latidos de su corazón.

El preso, sepultado en uno de los rincones de la carroza, tampoco daba señales de vida.

Por fin, tras la carroza se cerró la última puerta, la de la calle de San Antonio. A uno y otro lado se veía el cielo, la libertad, la vida. Los caballos, sujetados por una mano firme, marcharon al paso hasta el centro del barrio, donde tomaron el trote. Poco a poco, ora porque se enardecían, ya porque les aguijaban, fueron aumentando su velocidad hasta que, una vez en Bercy, la carroza, más que por los caballos, parecía arrastrada por el huracán. Así corrieron los caballos hasta Villanueva de San Jorge, donde estaba preparado el relevo. Ahora, en vez de dos fueron cuatro los caballos que arrastraron la carroza hacia Melún, no sin hacer un alto en el riñón del bosque de Senart, indudablemente a órdenes dadas de antemano por Aramis.

—¿Qué pasa? —preguntó el preso al detenerse la carroza y cual si despertara de largo sueño.


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