El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Pasa, monseñor —respondió Herblay—, que antes de seguir adelante es preciso que Vuestra Alteza y yo conversemos un poco.
—Tan pronto se presente ocasión —repuso el joven prÃncipe.
—No puede ser más oportuna la presente, monseñor; nos hallamos en el corazón del bosque, y por lo tanto nadie puede oÃrnos.
—¿Y el postillón?
—El postillón de este relevo es sordo mudo, monseñor.
—A vuestra órdenes, pues, señor Herblay.
—¿Os place quedaros aquà en la carroza?
—SÃ, estamos bien sentados y le he tomado cariño a la carroza esta; es la que me ha restituido a la liberta.
—Con vuestra licencia, monseñor, falta todavÃa otra precaución.
—¿Cuál?
—Como nos hallamos en medio del camino real, pueden pasar jinetes o carrozas que viajan como nosotros, y que al vernos parados, supondrÃan que nos pasa algún percance. Evitemos ofertas que nos incomodarÃan.
—Pues ordenad al postillón que esconda la carroza en una de las alamedas laterales.
—Tal era mi intención, monseñor.