El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Conozco que habéis levantado la cabeza, monseñor —prosiguió Aramis—, y que os admira que yo gobierne un pueblo. No pudisteis imaginar que tratabais con un rey. ¡Ah! monseñor, soy rey, es verdad, pero rey de un pueblo humildísimo y desheredado: humilde, porque sólo tiene fuerza arrastrándose; desheredado, porque en este mundo casi nunca cosecha el trigo que siembra, no come el fruto que cultiva. Trabaja por una abstracción, reúne todas las moléculas de su poder para formar con ellas un hombre, y con las gotas de su sudor forma una nube alrededor de ese hombre, que a su vez y con su ingenio debe convertirla en una aureola abrillantada con los rayos de todas las coronas de la cristiandad. Éste es el hombre que está a vuestro lado, monseñor; lo cual equivale a deciros que os he sacado del abismo a impulsos de un gran designio, y que en mi esplendoroso designio quiero haceros superior a las potestades de la tierra y a mí.

—Me habláis de la secta religiosa de la cual sois la cabeza —dijo el príncipe tocando ligeramente en el brazo de Aramis—. Ahora bien, de lo que me habéis dicho resulta, a mi modo de ver, que el día que os propongáis precipitar a aquel a quien habréis encumbrado, lo precipitaréis, y tendréis bajo vuestro dominio a vuestro dios de la víspera.


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