El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No, monseñor —replicó el obispo—. Si yo no tuviese dos miras, no habrÃa arriesgado una partida tan terrible con vuestra alteza real. El dÃa que seréis encumbrado, lo estaréis para siempre; al poner el pie en el estribo, todo lo derribaréis, todo lo arrojaréis tan lejos de vos, que nunca jamás su vista os recordará ni siquiera su derecho a vuestra gratitud.
—¡Oh! caballero.
—Vuestra exclamación, monseñor, es hija de la nobleza de vuestro corazón. Gracias. Tened por seguro que aspiro a más que a la gratitud; tengo la certidumbre de que, al llegar vos a la cima, me juzgaréis todavÃa más digno de vuestra amistad, y que ambos obraremos tales portentos, que serán recordados de siglo en siglo.
—Decidme sin reticencias lo que soy actualmente y qué os proponéis que sea en el dÃa de mañana —repuso el prÃncipe.