El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Monseñor —continuó Aramis—, todavía no he manifestado a Vuestra Alteza Real cuanto tenía que manifestarle; todavía no he ofrecido a mi príncipe todo el caudal de saludables consejos y de útiles expedientes que para él he acumulado. No se trata de hacer brillar un rayo a los ojos del que se complace en la obscuridad; no de hacer retumbar las magnificencias del cañón en los oídos del hombre pacífico que se recrea en el sosiego y en la vista de los campos. No, monseñor; en mi mente tengo preparada vuestra dicha, mis labios van a verterla, tomadla cuidadosamente para vos, que tanto habéis amado el firmamento, los verdes prados y el aire puro. Conozco una tierra de delicias, un paraíso ignorado, un rincón del mundo en el que solo, libre, desconocido, entre bosques, flores y aguas bullidoras, olvidaréis todas las miserias de que la locura humana, tentadora de Dios, os ha hablado hace poco. Escuchadme, príncipe mío, y atended, que no me burlo. Mi alma me tengo, monseñor, y leo en las profundidades de la vuestra. No os tomaré incompleto para arrojaros en el crisol de mi voluntad, de mi capricho, o de mi ambición. O todo o nada. Estáis atropellado, enfermo, casi muerto por el exceso de aire que habéis respirado durante la hora que hace gozáis de libertad; y es ésta, para mí, señal evidente de que querréis continuar respirando con tal ansia. Limitémonos, pues, a una vida más humilde, más adecuada a nuestras fuerzas. A Dios pongo por testigo de que quiero que surja vuestra felicidad de la prueba en que os he puesto.


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