El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Es verdad —dijo Herblay—; hay tal encogimiento de ánimo, vos me lo recordáis. Tenéis razón, es un obstáculo poderosÃsimo. El caballo que tiene miedo a la zanja, cae en ella y se mata; el hombre que cruza su acero temblando, deja a la espada enemiga huecos por los cuales pasa la muerte. Es verdad, es verdad.
—¿Tenéis hermanos? —preguntó el joven.
—Estoy solo en el mundo —respondió Aramis con voz nerviosa y estridente como el amartillar de una pistola.
—Pero a lo menos amáis a alguien —repuso Felipe.
—¡A nadie! Pero digo mal, monseñor, os amo a vos.
El joven se abismó en un silencio tan profundo, que para el obispo se convirtió en ruido insufrible el que producÃa su aliento.