El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Vos resolveréis, monseñor —dijo Aramis—. Ahora decidme, ¿he planteado claramente el problema?, ¿lo he resuelto conforme a los deseos o a las previsiones de Vuestra Alteza Real?
—Excepto dos cosas, nada habéis olvidado.
—¿La primera?
—Hablemos de ella sin tardanza y con la misma franqueza que ha informado hasta ahora nuestra conversación, hablemos de las causas que pueden echar por tierra las esperanzas que hemos concebido; de los peligros que corremos.
—Estos serÃan inmensos, infinitos, espantosos, insuperables, si, como os he manifestado, no concurriese todo a anularlos en absoluto. Ni vos ni yo corremos peligro alguno si la constancia y la intrepidez de vuestra Alteza Real corren parejas con el milagroso parecido que la naturaleza os ha dado con el rey. Repito, pues, que no hay peligro alguno, pero sà obstáculos, por más que este vocablo común a todos los idiomas, tenga para mà un significado tan obscuro, que de ser yo rey lo harÃa suprimir por absurdo e inútil.
—Pues hay un obstáculo gravÃsimo, un peligro insuperable que vos olvidáis —replicó el prÃncipe.
—¿Cuál?
—La conciencia que grita, el remordimiento que desgarra.