El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Llamáis paredes a los hombres en quienes tendréis vos depositada vuestra confianza?
—En caso necesario, sÃ. Por otra parte, los designios de Dios no se detienen en tan buen camino. Un plan de tal magnitud se completa con los resultados, como un cálculo geométrico. El rey, secuestrado, no constituirá para vos el obstáculo que vos para el soberano reinante. Dios ha dotado de un alma orgullosa e impaciente a vuestro hermano, a quien, además, ha enervado, desarmado con el goce de los honores y el hábito del poder soberano. Dios, que tenÃa dispuesto que el resultado del cálculo geométrico de que os he hablado fuese vuestro advenimiento al trono y la destrucción de cuanto os es perjudicial, ha decidido que el vencido acabe sus sufrimientos a poco de haber vos acabado con los vuestros. Dios ha preparado, pues, el alma y el cuerpo del rey para la brevedad de la agonÃa. Vos, aprisionado como un particular, secuestrado con vuestras dudas, privado de todo, con el hábito de una vida solitaria, habéis resistido; pero vuestro hermano, cautivo, olvidado, restricto, no soportará su desventura y Dios llamará a sà su alma en el tiempo prefijado, esto es, pronto.
—Desterraré al rey destronado —repuso con voz nerviosa Felipe—. Será más humano.