El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Eso no tenéis que contármelo a mí —replicó el obispo—, sino a Colbert.

—¡A Colbert! —exclamó Fouquet—. ¿Por qué?

—Porque hará que os señalen una pensión sobre el bolsillo particular del rey, cuando sea superintendente.

—¿Adónde vais? —preguntó Fouquet con gesto sombrío, al ver que Aramis se marchaba después de haber disparado el dardo.

—A mi habitación para mudar de traje.

—¿Dónde estáis alojado?

—En el cuarto azul del piso segundo.

—¿El que cae encima del dormitorio del rey?

—Sí.

—¡Vaya una sujeción que os habéis impuesto! ¡Condenarse a la inmovilidad!

—Paso la noche durmiendo o leyendo, monseñor.

—¿Y vuestros criados?

—Sólo me acompaña una persona.

—¡Nada más!

—Me basta mi lector. Adiós, monseñor; no os fatiguéis en demasía. Conservaos bien para la llegada del rey.

—¿Os veremos a vos y al vuestro amigo Vallón?

—Le he dejado junto a mí. Ahora se está vistiendo.


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