El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Las exclamaciones de PercerÃn fueron interrumpidas por la señal que dieron desde la torre del palacio. Más allá de Melún, en la llanura, los vigÃas de Vaux habÃan divisado el cortejo del rey y de las reinas: Su Majestad entraba en aquel momento en Melún con su larga fila de carrozas y jinetes.
—Dentro de una hora —dijo Aramis a Fouquet.
—¡Dentro de una hora! —exclamó el superintendente exhalando un suspiro.
—¡Y el pueblo que pregunta de qué sirven las fiestas reales! —prosiguió el obispo riéndose con hipocresÃa.
—¡Ay! también yo me lo pregunto y no soy pueblo —repuso Fouquet.
—Dentro de veinticuatro horas os responderé, monseñor. Poned buena cara, que es dÃa de júbilo.
—Tanto si me creéis como si no, Herblay —designando con el dedo el cortejo de Luis en el horizonte—, sé deciros que aunque él no me quiere mucho ni yo le quiero más a él, a proporción que va acercándose…
—¿Qué?
—Me es sagrado, es mi rey, casi me es querido.
—¿Querido? lo creo —repuso Aramis haciendo hincapié en el vocablo—, como andando el tiempo hizo el padre Terray con Luis XV.
—No lo toméis a broma, Herblay; conozco que, de quererlo él, amarÃa a ese joven.