El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Seguro de que Aramis habÃa distribuido bien los criados, cuidado de hacer guardar las puertas, y preparado los alojamientos, Fouquet no se ocupó más que en el conjunto. AquÃ, Gourville le mostró la disposición de los fuegos artificiales, allà Moliére lo condujo al teatro, hasta que por fin y después de haber visitado la capilla, los salones y las galerÃas, al bajar, rendido de cansancio, Fouquet se encontró en la escalera con Aramis, que le hizo una seña.
El superintendente se unió a su amigo, que le detuvo ante un cuadro apenas terminado, y al cual daba los últimos toques Le Brun, sudando, manchado de colores, pálido de fatiga y de inspiración. Era el esperado retrato del rey, con el traje de ceremonia.
Fouquet se colocó delante de aquel retrato, que, por decirlo asÃ, respiraba, miró la figura, calculó el trabajo, se admiró, y no hallando recompensa digna de aquella hercúlea labor, echó los brazos al cuello del artista y lo estrechó contra su pecho.
Si para el artista fue aquel un momento de gozo, no asà para el sastre PercerÃn, que iba tras Fouquet, y admiraba en la pintura de Le Brun el traje que él hiciera para Su Majestad.