El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Por patios y corredores circulaba un ejército de criados, mientras Fouquet, que hasta aquella mañana misma no llegó, se paseaba tranquilo y perspicaz, para dar las últimas órdenes, después de haber pasado los mayordomos la última revista.
Era el 15 de agosto. El sol caía verticalmente sobre los hombros de los dioses de mármol y de bronce, y al tiempo que calentaba el agua de los estanques, hacía madurar en los vergeles los magníficos melocotones, por los que debía suspirar medio siglo después el «gran rey», que decía a cierto personaje: «Sois demasiado joven para haber comido melocotones del señor Fouquet».
¡Oh recuerdo!, ¡oh trompetas de la fama!, ¡oh gloria terrenal! ¡Aquél que tanto sabía apreciar el mérito; aquel que recogió la herencia de Nicolás Fouquet, y la quitara a Le Notre y a Le Brun, y lo mandara sepultar a perpetuidad en una prisión de Estado, sólo recordaba los melocotones de su enemigo vencido, aniquilado, olvidado! Por más que Fouquet tiró treinta millones en sus estanques, en los crisoles de sus estatuarios, en los bufetes de sus poetas y en las carteras de sus pintores, en vano creyó que dejaría memoria de él; y un puñado de materia vegetal que un lirón roe con la mayor frecuencia, bastaba para que un gran rey evocara en su memoria la imagen lamentable del último superintendente de Francia.