El hombre de la máscara de hierro

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Fouquet hizo más aún: acatando la orden del rey se sentó a la mesa; pero una vez servidas las menestras, se levantó para servir personalmente al rey, mientras la señora superintendenta permanecía en pie detrás del sillón de la reina madre. El desdén de Juno y el enojo de Júpiter no resistieron a tales muestras de delicadeza; así es que Ana de Austria comió un bizcocho mojado en vino de San Lúcar, y el rey comió de todo.

—No puede darse una comida mejor, señor superintendente —dijo Luis XIV.

Los demás, al oír las palabras del rey, empezaron a mover con entusiasmo las mandíbulas.

Esto no impidió que después de haberse hartado, el rey volviese a ponerse triste; en proporción del buen humor que él creyó debía manifestar, y sobre todo en comparación de la buena cara que sus cortesanos habían puesto a Fouquet.

D’Artagnan que comía mucho y bebía más, como quien no hace nada no perdió un bocado, pero hizo un gran número de observaciones provechosas.


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