El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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María Teresa, buena y curiosa de la vida, alabó a Fouquet, comió con grande apetito, y preguntó el nombre de muchas frutas que había sobre la mesa. Fouquet respondió que ignoraba sus nombres. Aquellas frutas procedían de los reservados del superintendente, reservados que él mismo, peritísimo en agronomía exótica, cultivara con frecuencia. El rey, que al oír la respuesta de Fouquet, se sintió tanto más humillado cuanto conoció la delicadeza que la dictaba, halló algo vulgar a su mujer, y sobrado orgullosa a Ana de Austria, y por su parte hizo el propósito de mantenerse impasible en los límites del extremo desdén o de la simple admiración.

Pero Fouquet, que era hombre sagaz y todo lo había previsto, no obstante haber manifestado terminantemente el rey que mientras estuviese en Vaux no quería someter sus comidas a la etiqueta, y, por consiguiente, comería con todo el mundo, hizo que sirvieran aparte a Su Majestad, si así podemos expresarnos, en medio de la mesa general.

Aquella cena, maravillosa por su composición, comprendía todos los manjares gratos al rey, todo cuanto éste solía escoger. Luis XIV, el hombre más comilón de Francia, no podía, pues, alegar excusa alguna para no comer.


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