El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aquel enjambre de criados que iban y venÃan silenciosamente, aquella muchedumbre de convidados menos numerosa que los servidores, el incalculable número de manjares y de vasos de oro y plata; los raudales de luz, las flores desconocidas de que se habÃan despojado los invernaderos como de una sobrecarga, puesto que aun estaban lozanas; aquel conjunto aromático, que no era más que preludio de la fiesta prometida, llenó de regocijo a todos los asistentes, que una y otra vez manifestaron su admiración, no con la voz y el ademán, lenguajes del cortesano que olvida el respeto debido al su señor, sino con el silencio y la intención.
El rey, con los ojos, hinchados, no se atrevió a mirar a la reina; y Ana de Austria, siempre superior al todos en orgullo, abrumó a su huésped despreciando abiertamente cuando la servÃan.