El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro No hablaremos del gran festÃn que reunió a sus majestades, ni de los conciertos, ni de las mágicas metamorfosis, nos limitaremos a pintar el rostro del rey, que, de alegre, expansivo y satisfecho como era al principio, luego se volvió sombrÃo, reservado, irritado. Recordó su palacio y el mÃsero lujo de éste, que no era sino el utensilio de la realeza y no propiedad del hombre-rey. ¿Los grandes jarrones de Louvre, los antiguos muebles y la vajilla de Enrique II, de Francisco 1, y de Luis XI, no pasaban de monumentos históricos, de objetos de valor intrÃnseco, desechos del oficio del rey? En el palacio de Fouquet, el arte competÃa con la materia. Fouquet comÃa en una vajilla de oro que habÃan fundido y cincelado para él, artistas a su sueldo, y bebÃa vinos de los que el rey de Francia ni aun conocÃa el nombre, y les bebÃa en vasos cada uno de los cuales valÃa más que toda la bodega real.
¿Y qué diremos de los salones, de las colgaduras, de los cuadros y de los criados y lacayos de toda especie? ¿Qué del servicio, allà donde el orden sustituÃa a las etiquetas, el bienestar a las consignas, y el placer y la satisfacción del huésped eran la ley suprema para cuentos al anfitrión obedecÃan?