El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Con gran ceremonia condujeron a Luis XIV al templo de Morfeo, del que vamos a dar una sucinta reseña. Era la pieza más hermosa y capaz del palacio, y en su cúpula, pintada al fresco por Le Brun, figuraban los sueños felices y los tristes que Morfeo asà envÃa los poderosos como a los humildes. Todo lo gracioso a que da vida el sueño, miel y aromas, flores y néctar, voluptuosidad o reposo de los sentidos, Le Brun lo habÃa derramado en su obra, suave y haciendo contrastes con ella, veÃanse las copas que destilan los venenos, el puñal que brilla sobre la cabeza del durmiente, y hechiceros y quimeras de monstruosas cabezas, y crepúsculos más espantables que las llamas o las tinieblas más profundas.
El rey, al entrar en aquella suntuosa estancia, sintió como una sacudida eléctrica; y al preguntarle Fouquet la causa de ella, con la palidez en el rostro contestó que era el sueño.
—¿Quiere Vuestra Majestad que entre inmediatamente su servidumbre?
—No —respondió Luis XIV—; tengo que hablar con algunas personas. Que avisen al señor Colbert.
Fouquet hizo una reverencia y salió.