El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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La habitación de Morfeo

Después de la cena, D’Artagnan fue a visitar a Aramis, con el fin de saber lo que sospechaba; pero en vano. Fue franco: pero Aramis, a pesar de los terribles cargos que le suponía, amistosamente, siempre, el mosquetero no cedió un ápice y hasta llegó a decir:

—Si yo tengo la idea de tocar para nada al hijo de Ana de Austria, al verdadero rey de Francia: si no estoy pronto a besar sus pies; si mañana no es el día más glorioso de mi rey ¡qué me parta un rayo!

D’Artagnan, tranquilo y satisfecho, dejó a Aramis, el cual cerró la puerta de su habitación echó los cerrojos cerró herméticamente las ventanas y llamó:

—¡Monseñor!, ¡monseñor!

Felipe abrió una puerta corredera, situada detrás de la cama, y apareció diciendo:

—Por lo que se ve, el señor de D’Artagnan es un costal de sospechas.

—¡Ah!, ¿lo habéis conocido?

—Antes que lo hubieseis nombrado.

—Es vuestro capitán de mosqueteros.

—Me es muy devoto —replicó Felipe dando mayor fuerza al pronombre personal.


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