El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Mirad.
—Es cierto —repuso Herblay mirando al través de la abertura del suelo—. ¿Qué vamos a oÃr y qué va a resultar de esa intimidad?
—Indudablemente nada bueno para el señor Fouquet.
El prÃncipe no se engañó. Dijimos que Luis XIV mandó llamar a Colbert; éste se presentó entablando conversación Ãntima con Su Majestad por uno de los más insignes favores que aquél concedÃa. Verdad es que el rey estaba a solas con su vasallo.
—Sentaos —dijo a Colbert el monarca.
El intendente, henchido de gozo, tanto más cuanto temÃa verse despedido, rehusó aquella honra insigne.
—¿Acepta? —preguntó Aramis.
—No, se queda en pie.
—Escuchemos.
El futuro rey y el futuro papa escucharon con avidez a aquellos simples mortales a quienes tenÃan bajo sus plantas y a los cuales pudieran haber reducido a polvo con sólo quererlo.
—Hoy me habéis contrariado grandemente, Colbert —dijo Luis XIV.
—Ya lo sabÃa, Sire —contestó el intendente.
—Me gusta la respuesta. ¿Lo sabÃais y lo habéis hecho? Eso prueba un ánimo especial.