El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Si corrÃa el riesgo de contrariar a Vuestras Majestad, también lo corrÃa de ocultarle su verdadero interés.
—¿Por ventura temÃais algo contra mÃ?
—Aunque no fuese sino para una indigestión, Sire —dijo Colbert—; porque no da un súbdito festines tales a su rey más que para sofocarlo bajo el peso de los manjares suculentos.
Lanzado que hubo su vulgarÃsima chanza, el intendente aguardó con faz risueña el efecto de ella.
Luis XIV, el hombre más vano y delicado de su reino, perdonó aquella nueva tontada a Colbert.
—La verdad es —repuso el monarca— que el señor Fouquet me ha dado una cena más que buena. Pero ¿de dónde sacará ese hombre el dinero necesario para subvenir a tan enormes gastos? ¿Lo sabéis vos, Colbert?
—SÃ, Sire.
—Probádmelo.
—Fácilmente, hasta lo último.
—Ya sé que contáis con exactitud.
—Es la cualidad mejor que puede exigirse a un intendente de hacienda.
—No todos la poseen.
—Gracias, Sire, por un elogio tan lisonjero para mà en vuestra boca.
—El señor Fouquet está rico, riquÃsimo y eso todo el mundo lo sabe.