El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Vivos y muertos.
—¿Qué queréis decir?
—Los vivos ven la riqueza del señor Fouquet, y admiran el resultado, y aplauden; pero los muertos, conocen las causas, y acusan.
—¿A qué causas debe, pues, el señor Fouquet su fortuna?
—Con frecuencia el oficio de intendente favorece al que lo ejerce.
—Conozco que tenéis que hablarme más confidencialmente; nadas temáis, estamos solos.
—Bajo la ética de mi conciencia y la protección del rey, Sire, nunca temo —dijo Colbert inclinándose.
—¿Conque los muertos hablan?
—A veces, Leed, Sire.
—¡Ah! —dijo Aramis al oÃdo del prÃncipe, que escuchaba sin perder sÃlaba—; pues estáis aquà para aprender vuestro oficio de rey, monseñor, escuchad una infamia real. Vais a asistir a una de tantas escenas que Dios, o más bien el diablo, concibe y ejecuta. Escuchad atentamente y os aprovechará.
El prÃncipe redobló la atención, y vio como Luis XIV tomaba de las manos de Colbert una carta.
—¡Letra del difunto cardenal! —exclamó el rey.