El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Éste, teniendo necesidad de apartar de sí un pensamiento sombrío, buscó durante todo aquel día la compañía de La Valiére con tanta solicitud como huía de la de Colbert o la de Fouquet.

Llegada la noche, el rey manifestó el deseo de no pasearse hasta después del juego: así pues, se jugó entre la cena y el paseo.

—Vaya, señores, al parque —dijo Luis XIV después que hubo ganado mil doblones.

En el parque estaban ya las damas.

Hemos dicho que el rey había ganado y embolsado mil doblones; pero Fouquet supo perder diez mil: de manera que se repartieron noventa mil libras entre los cortesanos, que estaban alegres como unas pascuas.

Colbert, indudablemente obedeciendo a una cita, aguardaba a Luis XIV en uno de los recodos de una alameda; y decimos indudablemente, porque el rey, que durante todo el día evitara encontrarse con él, al verle le hizo una seña y se internó con él en el parque.

La Valiére también había notado la sombría frente y la mirada encendida del soberano; y como a su amor nada de cuanto germinaba en el alma de su amante era impenetrable, comprendió que aquella refrenada cólera amagaba a alguno. Así pues, se situó en el camino de la venganza como un ángel de la misericordia.


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