El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No la profiráis, porque no la escucharía —exclamó Luisa—. Por otra parte, ¿qué me diríais? ¿Qué el señor Fouquet ha cometido crímenes? Lo sé, porque el rey me lo ha dicho, y cuando el rey dice: «Creo», no necesito que otros labios digan: «Afirmo». Pero aunque el señor Fouquet fuese el más infame de los hombres, lo digo en voz muy alta, es sagrado para el rey, porque el rey es su huésped. Aun cuando Vaux fuese una madriguera, una caverna de monederos falsos o de bandidos, es una mansión santa, una morada inviolable, pues en ella vive su esposa, y es un asilo que ni los verdugos violarían.

Luisa se calló, dejando al rey admirado y vencido por el calor de su acento y por la nobleza de aquella causa. Colbert, anonadado por la desigualdad de aquella lucha, iba perdiendo terreno.

—Señorita —dijo el rey con voz suave y con el pecho dilatado, tendiendo la mano de La Valiére—, ¿por qué habláis contra mí? ¿Sabéis qué hará ese miserable si le dejo respirar?

—Por ventura no podéis echarle la mano siempre que os plazca, Sire.

—¿Y si escapa, si se fuga? —exclamó el intendente.


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