El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Será para el rey un timbre de imperecedera fama el haber dejado huir al señor Fouquet —repuso La Valiére—; y cuanto más culpable haya sido aquél, tanto mayor será la gloria de Su Majestad comparada con tanta miseria y tanto oprobio.
El rey hincó una rodilla ante su manceba y le besó la mano.
—Estoy perdido —dijo entre sà el intendente. Pero serenándose de pronto, añadió—: Mas no, todavÃa no.
Y mientras el soberano, protegido por el enorme tronco de un tilo gigantesco, estrechaba contra su corazón y con todo el fuego de un amor inefable a Luisa, Colbert registró su cartera, sacó de ella un papel doblado en forma de carta —papel un tanto amarillento quizá— y dirigió una mirada de rencor al hechicero grupo que formaban el rey y su manceba, grupo al que acababa de iluminar la luz de algunas antorchas que se acercaban.
—Vete, Luisa —dijo el aturdido rey al notar los reflejos de las hachas en el blanco vestido de La Valiére.
—Vienen, señorita, vienen —exclamó Colbert para apresurar la partida de la joven.
Luisa desapareció con rapidez ente los árboles.
—¡Ah! —exclamó el intendente al levantarse el rey—. A la señorita de La Valiére se le ha caÃdo algo.