El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Nada.
—¿Quizás estáis mal alojado?
—Lo estoy a las mil maravillas.
—Os doy las gracias por vuestra amabilidad, y me siento obligado por todo lo que de lisonjero acabáis de decirme.
Esto equivalÃa a indicarle a D’Artagnan que, pues tenÃa cama, fuese a acostarse y le dejase hacer a él otro tanto.
—¿Ya os acostáis? —preguntó el gascón al superintendente como si no hubiese comprendido la indirecta.
—SÃ. ¿Tenéis que comunicarme algo?
—Nada. ¿DormÃs aquÃ?
—Ya lo veis.
—¡Qué hermosas fiestas le habéis dado a Su Majestad, señor Fouquet!
—¿Lo creéis?
—MagnÃficas.
—¿Está satisfecho el rey?
—Hasta más no poder.
—¿Por ventura os ha rogado que vinieseis a comunicármelo?
—No hubiera elegido su majestad un mensajero tan indigno como yo.
—No os rebajéis, señor de D’Artagnan.
—¿Ésa es vuestra cama?