El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El ambiente estaba todavía perfumado o infestado, como se quiera, del olor de los fuegos artificiales. Las bujías despedían sus moribundas claridades, las flores caían desprendidas de las guirnaldas, y los grupos de danzarines y de cortesanos iban desparramándose por los salones.

El superintendente acababa de retirarse a su dormitorio, sonriente y más que medio muerto. Ya no oía ni veía; su cama le atraía, le fascinaba.

Estaba ya en manos de su ayuda de cámara cuando D’Artagnan apareció en el umbral de su dormitorio.

D’Artagnan, nunca logró vulgarizarse en la corte; en vano le veían a todas horas y en todas partes; siempre producía la misma impresión su presencia. Tal es el privilegio de ciertas personas, parecidas en esto al rayo o al trueno. Todos saben lo que son; pero su aparición admira, y la última impresión es, indefectiblemente, la que ha sido la más fuerte.

—¡Toma!, ¿sois vos, señor de D’Artagnan? —dijo Fouquet.

—Para serviros —replicó el mosquetero.

—Entrad, mi querido señor de D’Artagnan.

—Gracias.

—¿Venís para hacerme una crítica de las fiestas? Sois hombre ingenioso.

—No, Señor.

—¿Estorban, por ventura, vuestro servicio?


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