El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Creo —prosiguió D’Artagnan—, que si no soy tonto daré a conocer a Fouquet lo que respecto a él se propone el rey. Pero si vendo el secreto de mi soberano, soy un pérfido y traidor, crimen previsto por el código militar. No, pienso que un hombre de ingenio, debe salir mucho más diestramente de este atolladero.
D’Artagnan se apretó las sienes con las manos, se arrancó algunos pelos del bigote, y prosiguió:
—La desgracia de Fouquet obedece a tres causas: el odio que le profesa Colbert, el haber intentado amar a La Valiére, y el estar el rey apegado a La Valiére y a Colbert. No hay remedio para él, es hombre al agua. ¿Pero yo, hombre, voy a sentarle la planta sobre la cabeza cuando sucumbe a intrigas de mujeres y de empleados? ¡No en mi vida! Si es peligroso, lo abatiré; si sólo es vÃctima de la persecución, veré. Y en vez de ir a buscar de un modo brutal a Fouquet, para arrestarlo y tapiarlo, voy a hacer cuanto esté en mi mano para comportarme caballerosamente.
Y D’Artagnan se encaminó al dormitorio de Fouquet, que, después de haberse despedido de las damas, se disponÃa a dormir tranquilamente sobre los laureles conquistados durante el dÃa.