El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro D’Artagnan, aun aturdido de su entrevista con el rey, se preguntaba si realmente se hallaba en Vaux, si era efectivamente el capitán de los mosqueteros, y Fouquet el propietario del castillo en el cual Luis XIV acababa de recibir hospitalidad. Y aquellas no eran reflexiones del hombre embriagado con los vinos del superintendente. Pero el gascón era hombre sereno, con solo tocar su espada transmitÃa a su moral, en las ocasiones solemnes, el frÃo del acero.
—Aquà estoy, históricamente envuelto en los destinos del rey y del ministro —dijo entre sà D’Artagnan al salir del real dormitorio—; constará que yo, segundón de Gascuña, he echado la mano a Nicolás Fouquet, superintendente de la hacienda de Francia. Mis descendientes, si los tengo, se envanecerán con este arresto. Hay que cumplir decorosamente la orden del rey. Todo el mundo es bueno para pedirle al señor Fouquet la espada, pero no todos son a propósito para custodiarlo sin promover protestas. ¿Qué hacer, pues para que el superintendente pase de la cúspide del favor al abismo de la desgracia?
Aquà D’Artagnan se puso sombrÃo que era una compasión; le asaltaron escrúpulos.
