El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Por tal exclamación del mosquetero, resbalón de un hombre que siempre caminaba con pies de plomo, Fouquet pudo comprender a qué grado de exaltación había llegado el sereno y reservado obispo de Vannes.

—Además —continuó éste último después de haberse calmado—, ¿sería yo quien soy, un amigo verdadero, si a vos a quien ya el rey os odia, os expusiera a ser juguete de una pasión todavía terrible de aquél? Que le hubierais robado la hacienda y galanteado a su concubina, ¡pase! Pero tener en vuestras manos su corona y su honra, primero os arrancaría el corazón con sus propias uñas.

—¿Luego no le habéis dejado entrever el secreto?

—Antes me hubiera tragado todos los venenos que Mitrídates se bebió en el espacio de veinte años para ver si de esta suerte conseguía no morirse.

—¿Qué habéis hecho pues?

—Ahí está el quid, monseñor. Paréceme que voy a despertar vuestra curiosidad. ¿Continuáis prestándome oído atento?

—¡Pues no he de escucharos! Decid.

Aramis dio una vuelta alrededor del aposento para cerciorarse de que nadie podía escuchar, y luego se volvió a sentar junto al sillón en el cual Fouquet aguardaba con profunda ansiedad sus revelaciones.


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