El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No digáis más —repuso Fouquet ardiendo en ideas generosas—; os comprendo y lo adivino todo. Al saber que yo estaba arrestado, os habéis abocado con el rey, al ver que vuestras súplicas no le ablandaban le habéis amenazado con revelar el secreto, y Luis XIV, asustado, ha concedido al terror lo que habÃa negado a vuestra generosa intercesión. Comprendo, comprendo, vos tenéis en el puño al rey; comprendo.
—Ni pizca —replicó Aramis—. A fe, no valÃa la pena de que me interrumpierais otra vez. Además, y con perdón sea dicho, descuidáis demasiado la lógica y no hacéis el uso debido de vuestra memoria.
—¿Por qué?
—¿En qué he basado yo el principio de nuestra conversación?
—En el odio que me profesa Su Majestad, odio invencible, pero ¿qué odio es capaz de resistir a la amenaza de tal revelación?
—Aquà es donde falsea vuestra lógica. ¡Cómo! ¿Vos creéis que de haber hecho yo tal revelación, estarÃa vivo en esta hora?
—Apenas hace diez minutos que os habéis separado del rey.
—¿Y qué? no hubiera tenido tiempo de hacerme matar; pero sà el suficiente para hacerme amordazar y sepultar en una mazmorra. Vaya, más firme en el raciocinio, ¡voto a mil bombas!