El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Dios envió al oprimido un vengador, o, si lo preferís, un apoyo. Sucedió, pues, que el soberano reinante… Opináis como yo, ¿no es verdad? Prosigo, pues Dios permitió que el usurpador tuviese por primer ministro un hombre de talento y de gran corazón y sobre esto, animoso.

—Está bien, está bien —dijo Fouquet—. Comprendo, habéis contado conmigo para que os ayude a reparar la injusticia de que ha sido víctima el pobre hermano de Luis XIV. Habéis hecho bien; os ayudaré. Gracias, Herblay, gracias.

—Nada de eso, pero… si no me dejáis concluir… —exclamó Aramis con impasibilidad.

—Me callo.

—Decía, pues, que el soberano reinante cobró aversión a su ministro, el señor Fouquet, el cual se veía amenazado en su fortuna, en su libertad y quizá también en su vida, por la intriga y el odio, a los que prestó oído el rey. Pero Dios permitió, asimismo, para la salvación del príncipe sacrificado, que el señor Fouquet tuviese a su vez un amigo devoto, conocedor del secreto de Estado, y con aliento bastante para publicar aquel secreto después de haberlo tenido para aguardarle por espacio de veinte años en su corazón.


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