El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —SÃ.
—¿Tal que pueda haber impreso un nuevo rumbo a las miras de Su Majestad?
—Realmente sois un hombre superior. Habéis adivinado. En efecto, he descubierto un secreto capaz de modificar las miras del rey de Francia.
—¡Ah! —repuso Fouquet con la reserva del hombre cortés que no quiere interrogar.
—Vais a juzgarlo —continuó Aramis—, y a decirme si me engaño respecto de la importancia de tal secreto.
—Pues me hacéis la gran merced de abrirme vuestro corazón, os escucho; pero conste que no he cometido la indiscreción de interrogaros.
Aramis se recogió un momento. Después miró profundamente a Fouquet que estaba mudo, admirado, confundido y con grave acento le contó la historia del desgraciado Felipe.
—¡Oh! ¡Dios mÃo!, ¡qué extraña aventura! —dijo al fin Fouquet.
—TodavÃa no hemos llegado al fin. Paciencia, amigo mÃo.
—La tendré.