El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Vos me ocultáis algo, Herblay. ¿Acaso el rey me destierra?
—Adivinado.
—Me asustáis.
—Señal que no habéis adivinado.
—¿Qué os ha dicho el rey? En nombre de nuestra amistad no me lo ocultéis.
—Nada.
—Vais a hacer que me muera de impaciencia, Herblay. ¿Continúo siendo superintendente?
—Mientras queráis.
—Pero ¿qué singular imperio habéis adquirido de repente en el ánimo de Su Majestad?
—Ya lo veis.
—Le hacéis obrar a vuestro antojo.
—Tal creo.
—Es inverosÃmil.
—Asà dirán.
—Herblay, en nombre de nuestra alianza, de nuestra amistad y de cuanto más querido os sea en el mundo, decidme sin rodeos lo que hay. ¿A qué debéis el haberos impuesto de tal manera en el ánimo del rey? Me consta que no os veÃa con buenos ojos. Ahora me querrá.
—¿Habéis tenido algún negocio particular con él?
—SÃ.
—¿Un secreto, tal vez?