El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Ya veréis. Además, como el rey ha leído la carta que dirigisteis a La Valiére, no puede caberle duda alguna respecto de vuestros propósitos para con aquélla, ¿no es así?

—Sí; pero acabad de una vez.

—A eso voy. El rey es, pues, para vos un enemigo capital, implacable, eterno.

—De acuerdo. Pero ¿soy por ventura tan poderoso para que, pese al odio que me profesa y a los pretextos que mi debilidad o mi desgracia le proporcionan contra mí, no se haya atrevido a consumar mi perdición?

—Queda demostrado —prosiguió Aramis con indiferencia—, que no hay reconciliación posible entre vos y el monarca.

—Pero me perdona.

—¿Lo creéis así? —preguntó el obispo fijando una mirada escrutadora en su interlocutor.

—Puedo no creer en la sinceridad del corazón, pero sí en la verdad del caso —replicó Fouquet. Y al ver que Aramis encogía ligeramente los hombros, añadió—: Entonces ¿por qué os ha encargado Luis XIV que me dijerais lo que me habéis dicho?

—El rey no me ha encargado de nada para vos.

—¡De nada! —exclamó el superintendente en el colmo de la estupefacción—. Pues ¿y la orden?…

—¡Ah! es verdad —repuso Aramis con acento tan singular, que Fouquet no pudo menos de estremecerse.


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