El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Fouquet se levantó con las facciones pálidas y alteradas. La saeta habÃa dado en el blanco, pero no en el corazón, sino en el alma.
—Ya —dijo el superintendente—, me proponéis una conspiración.
—Casi, casi. Una tentativa de esas que cambian la faz de los imperios, como me habéis dicho al principio de esta conversación.
—Pero —replicó Fouquet después de penoso silencio—, vos no habéis reflexionado que esta revolución polÃtica es para trastornar a todo el reino, y que para arrancar de cuajo el árbol de infinitas raÃces a que llaman un rey y sustituirlo por otro, nunca estará la tierra lo suficientemente apelmazada para que el nuevo soberano quede al abrigo del viento de la borrasca pasada y de las oscilaciones de su propio cuerpo.
Aramis volvió a sonreÃrse.
—Tened en cuenta —continuó Fouquet enardeciéndose con la eficacia del talento que concibe un proyecto y lo madura en pocos segundos, y con la amplitud de miras del que prevé todas las consecuencias y abarca todos los resultados—; tened en cuenta que debemos convocar a la nobleza, al clero y al estado llano; destruir al prÃncipe reinante, turbar con un escándalo inaudito la tumba de Luis XIII, perder la vida y la honra de Ana de Austria, y la vida y la paz de MarÃa Teresa, y que hecho esto, si lo conseguimos…