El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Por mà fe que no os comprendo —replicó Aramis con indiferencia—. De cuantas palabras acabáis de verter no aprovecha ni una.
—¡Cómo! —exclamó con admiración el superintendente—. ¿Un hombre como vos no discute en el terreno de la práctica? ¿Os limitáis a la alegrÃa pueril de una ilusión polÃtica? ¿PrescindÃs de las alternativas de la ejecución, es decir, de la realidad?
—Amigo mÃo —replicó Aramis dando un acento de familiaridad desdeñosa al calificativo—, ¿qué hace Dios para sustituir a un rey por otro?
—¡Dios! —prorrumpió Fouquet—. Dios delega a su agente, que toma al condenado, se lo lleva y hace sentar al triunfador en el trono vacÃo.
—Pero olvidáis que aquel agente es la muerte…
—¡Oh Dios!, ¿acaso alentarÃais la intención?…
—Nada de eso, monseñor. Vais más allá del fin. ¿Quién os habla de matar a Luis XIV?, ¿quién de seguir el ejemplo de Dios en la estricta práctica de sus obras? No. Lo que yo quise deciros es que Dios hace las cosas sin trastorno, sin escándalo, sin esfuerzos, y que los hombres inspirados por Dios triunfan como él en cuanto emprenden, intentan y hacen.
—¿Qué queréis decir?