El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Quiero decir, amigo mÃo —prosiguió Aramis—, que si ha habido trastorno, escándalo, y aún esfuerzo en la sustitución del rey por el preso, os reto a que me lo probéis.
—¿Cómo? —exclamó Fouquet, más blanco que el pañuelo con que se enjugaba las sienes—. ¿Qué decÃs?…
—Entrad en el dormitorio del rey —continuó Aramis con pasmosa tranquilidad—, y no obstante estar vos en autos, os reto a que advirtáis que el preso de la Bastilla está acostado en la cama de su hermano.
—Pero ¿y el rey? —preguntó Fouquet sobrecogido de horror al oÃr tal nueva.
—¿Qué rey? —dijo Aramis con voz suave—, ¿el que os odia o el que os quiere?
—El rey… de ayer.
—Tranquilizaos; ha ido a tomar en la Bastilla el puesto que por espacio de demasiado tiempo ha ocupado su vÃctima.
—¡Dios de Dios! ¿Y quién le ha llevado a la Bastilla?
—Yo.
—¡Vos!