El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Desde esta noche está insufrible; le dan tales arrebatos, que no parece sino que la Bastilla se viene al suelo.

—Pues bien —dijo Fouquet—, voy a desembarazaros de él.

—Que me place, monseñor.

—Conducidme a su calabozo.

—Monseñor me hará la merced de entregarme la orden…

—¿Qué orden?

—Una orden del rey.

—Voy a firmaros una.

—No basta, monseñor; necesito la orden del rey.

—¡Ah! —exclamó Fouquet irritándose otra vez—. Ya que os mostráis tan escrupuloso en soltar a los presos, mostradme la orden mediante la cual libertasteis a Marchiali.

Baisemeaux mostró la orden concerniente a la libertad de Seldón.

—Seldón no es Marchiali —objetó Fouquet.

—Pero Marchiali no está libre, monseñor, sino en su calabozo.

—¿No me habéis dicho que el señor de Herblay se lo llevó y lo ha devuelto?

—No he dicho esto, monseñor.

—¿Que no lo habéis dicho? Todavía me parece estar oyéndolo.


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