El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Deteneos, monseñor —exclamó Baisemeaux—. Si entiendo lo que pasa, que me emplumen; pero como tantos males, aunque desencadenados por la locura, pueden sobrevenir dentro de dos horas, júzgueme el rey y vea si he obrado mal al romper la consigna en presencia de tantas y tan eminentes catástrofes. Vamos a la torre, monseñor; veréis a Marchiali.
Fouquet se lanzó fuera del despacho. Baisemeaux le siguió, limpiándose el frÃo sudor que le inundaba la frente.
—¡Qué horrorosa mañana! —iba diciendo Baisemeaux—. ¡Qué desgracia!
—¡Aprisa!, ¡aprisa! —dijo con voz áspera el superintendente, advirtiendo lo que pasaba en el ánimo del gobernador—. Quédese aquà este hombre, y tomad vos mismo las llaves y mostradme el camino. Nadie ¿oÃs? absolutamente nadie debe enterarse de lo que va a pasar.
—¡Ah! —repuso Baisemeaux indeciso.
—¡Otra vez! —prorrumpió Fouquet—. Decid inmediatamente sà o no, y salgo de la Bastilla para llevar yo mismo las órdenes a su destino.
Baisemeaux tomó las llaves y subió solo con el ministro la escalera de la torre.
Según iban ascendiendo por aquella espiral, los murmullos ahogados se convertÃan en gritos claros y en espantosas imprecaciones.
—¿Quién grita? —preguntó Fouquet.